Este blog foi montado com o intuito de retratar experiências de professores de SwáSthya Yôga que dedicam suas vidas a praticar, ensinar e difundir esta fantástica filosofia de vida.



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domingo, 7 de dezembro de 2008

La cuna del Yôga




Foto: flickr, subida originalmente por Khalid Bin Ismail



¿Dónde y cómo nació el Yôga?

Las evidencias arqueológicas demuestran que el Yôga nació hace más de 5.000 años, en el entonces fértil valle del Indo (un territorio hoy compartido por la India y Pakistán) donde habitaba un pueblo de características particulares. Aquella civilización, que se conoce como harappiana, era matriarcal, sensorial y no restrictiva. Esas cualidades fueron adquiridas por el Yôga original y auténtico, y son preservadas por el SwáSthya, que es su sistematización contemporánea.

Citando al Maestro Sérgio Santos, en su libro Yôga, Sámkhya y Tantra, “El Yôga nació en la India, hace más de 5.000 años. Durante esos milenios fue siendo practicado e interpretado en el seno de diferentes culturas que lo moldearon según sus valores y conveniencias. Lo que en los orígenes era sólo un conjunto de técnicas, con el pasar de la historia fue dispersándose hasta la desintegración, fragmentándose en las centenas de tipos de Yôga que existen actualmente.”

Aquella civilización estaba principalmente conformada por la etnia dravídica, que aún existe en la actualidad, localizada al sur de la India y en Sri Lanka. Los drávidas son de baja estatura, de piel muy morena y cabellos oscuros.

Algunas esculturas y sellos hallados en la ciudad de Mohenjo-Daro (uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de esta cultura) muestran imágenes relevantes: por ejemplo, la de un hombre sentado en una posición yôgi, al que luego encontramos dentro de la mitología hindú con el nombre de Shiva, y es considerado el primer maestro de Yôga. También se hallaron placas de arcilla que retratan y valorizan el sexo femenino, símbolo de la fertilidad de la tierra.

Los vestigios de aquel pueblo esencialmente agrícola remiten una y otra vez a la veneración de la naturaleza, en una cultura que consideraba a la mujer como una diosa, por lo que se deduce que el Yôga original existió dentro de un contexto matriarcal, no restrictivo y, por ende, que valorizaba la sensorialidad.

Un hallazgo sorprendente sobre la civilización del valle del Indo es que sus ciudades carecen de edificios o construcciones dedicadas a una religión institucionalizada. En cambio, fueron asombrosos sus avances en arquitectura, medicina (se hacían, por ejemplo, cirugías faciales con implantes), matemática (está comprobado que usaban el sistema decimal) y saneamiento urbano (cada casa tenía un baño de buena calidad e instalaciones sanitarias domésticas). Sólo dos mil años después, la civilización romana alcanzó un nivel comparable en arquitectura urbana. En relación con el Yôga antiguo, podemos entonces inferir que su carácter naturalista y técnico fue incorporado desde el origen.

¿Qué sucedió con esta gran civilización? Y… ¿por qué el Yôga se deformó tanto a través del tiempo? En un próximo post hablaremos de esto y de cómo llegó a ser incorporado al hinduismo y rescatado del olvido.

Bibliografía consultada: Yôga, Sámkhya y Tantra, de Sérgio Santos.


Natalia Sanmartín Gil


quinta-feira, 27 de novembro de 2008

La tolerancia como estilo de vida



Foto: flickr, subida originalmente por azil jamil


Si bien la tolerancia forma parte del discurso políticamente correcto que se escucha con frecuencia, en realidad se la practica poco. Quizás porque es más fácil predicarla, que llevarla a la práctica. Por alguna razón, los seres humanos tenemos algo así como un “defecto de fábrica” que nos lleva a creer que nuestra experiencia es trascendental y única en su importancia, aun para otras personas. En realidad, esa trascendencia sólo vale para nosotros mismos.

La tolerancia requiere conciencia, respeto y aceptación. Ser capaces de entender que el mundo es igual de válido mirado con otros ojos, desde otro punto de vista. Demanda un aprendizaje: el de reconocer que las diferencias enriquecen.

Y aquí es donde el Yôga Antiguo puede hacer un valioso aporte, porque su objetivo es ampliar la conciencia. Ya desde los inicios, el conocimiento obtenido por el yôgin sobre sí mismo se expande al mundo a su alrededor, haciendo realidad tangible la intención de aprender del otro y de su vivencia.

A causa de la práctica, el sádhaka (practicante) comprende su conexión con el universo y con el resto de la humanidad y aplica lo aprendido incrementando su comprensión de las diferentes costumbres, usos y maneras de las personas. En síntesis, percibir la realidad en un sentido amplio nos induce a sentir una conexión profunda con los que nos rodean, incorporando el ejercicio de la tolerancia a la vida cotidiana.

Vale la pena hacer una aclaración: es una confusión bastante común que se malinterprete a la persona pacífica tomándola por pasiva, y también se suele entender mal al tolerante, considerándolo permisivo. Ser tolerante no implica dejar de defender aquello en lo que creemos ni permitir que nos agredan sin reaccionar.

Entre los valores del movimiento cultural formulado por el Yôga Antiguo, reconocer las diferencias y aprender de ellas es vital. Relacionarnos con respeto es un entrenamiento diario. Para un practicante de SwáSthya Yôga, la lealtad a sus ideales es tan importante como la tolerancia y el cariño hacia los demás.

Para finalizar, lo invito a tomarse unos instantes para analizar cuál es su propio nivel de comprensión, empatía y tolerancia hacia quienes lo rodean (especialmente hacia los que están más próximos). Mejorar en ese aspecto puede ser sólo cuestión de proponérselo.


Natalia Sanmartín Gil


quinta-feira, 20 de novembro de 2008

Mentalizar para evolucionar



La mentalización es un recurso que todos tenemos para construir nuestro futuro.
Ilustración: Lisa Wong


Toda acción humana comienza como una idea. A veces, esa idea es consciente. Otras, simplemente nos encontramos realizando algo, sin haber detectado el pensamiento previo que disparó ese mecanismo.

La propuesta del Yôga Antiguo es expandir la conciencia hasta alcanzar un estado denominado samádhi. Ya desde las primeras prácticas podemos sentir que estamos haciendo consciente lo inconsciente.

Se empieza de a poco, con lo más obvio, que es nuestro cuerpo físico. Prestando más atención a la respiración aprendemos a moderar sus ritmos. Luego descubrimos empíricamente que la frecuencia cardíaca está directamente relacionada con el ritmo de la respiración. Percibimos grupos musculares que no habíamos sentido antes, y de la mano de esas percepciones desarrollamos fuerza, flexibilidad, constancia y disciplina entre otras cualidades, que exceden largamente el plano corporal.

Practicando cotidianamente durante algún tiempo, el yôgin (pronúnciese “ioguin”, palabra que designa al practicante de Yôga) empieza a estar mucho más atento a sus pensamientos y al momento en el que sus acciones se delinean en el plano mental. Comprende también que, para que el pensamiento no sea ilusión, es preciso pasar a la acción.

Al concientizar este mecanismo, se devela una posibilidad que se expande en otras, infinitas: si creamos con nuestros pensamientos aquello que queremos conseguir, estamos marcando un surco, trazando un camino que después recorreremos con acciones en el plano concreto de la realidad, que van a aproximarnos a nuestro objetivo.

Pero… ¿cómo se mentaliza algo?

Es muy simple: pensando en ello concretamente. Mentalizar es la acción de generar imágenes mentales. Pueden ser imágenes visuales, pero hay personas que usan también otros sentidos (olfato, tacto, oído). La imaginación es, en cierto sentido, una forma de mentalización.

Para entrenar esta habilidad, que forma parte del patrimonio del ser humano como especie, aquí le propongo un sencillo ejercicio.

La técnica

Siéntese cómodamente en un lugar tranquilo, procurando no ser interrumpido durante algunos minutos (con cinco minutos por día es suficiente). Ubique la espalda bien erguida pero sin tensión, cruce las piernas, cierre los ojos y respire en forma nasal, lenta y profunda, encontrando su propio ritmo, fácil de mantener.

Elija una meta personal para mentalizar. Puede ser en cualquier ámbito o aspecto de su vida: profesión, familia, relaciones, realización personal, un deporte, la forma de su cuerpo o cualquier otra cosa.

Comience a generar una imagen que represente el momento en el cual obtiene ese objetivo. Busque tornar esa imagen bien nítida, como si hiciera foco con una cámara de filmación. Véala como una película. Siéntase protagonista de este futuro posible, visualizándose en el centro de la escena, alcanzando su meta. Mantenga la imagen por algunos minutos y luego ciérrela.

Permanezca un momento más con los ojos cerrados, buscando aquietar sus pensamientos para descansar el plano mental de la intensa actividad que mantuvo. Luego, abra los ojos, cerrando la técnica y predisponiéndose a pasar a la acción. Tenga en cuenta que todo practicante de Yôga es un hacedor, un constructor de realidades, un entusiasta que genera acciones que le permitan aportar para construir un mundo mejor.

Sea constante, dedicando cinco minutos a la mentalización cada día, sin cambiar de objetivo hasta verlo realizado. Los resultados serán asombrosos.


Natalia Sanmartín Gil
http://www.uni-yoga.com.ar/
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quarta-feira, 13 de agosto de 2008

Conciencia y medio ambiente



La relación entre el Yôga Antiguo y el cuidado del entorno de quien practica viene de larga data. Para un yôgin, el espacio donde vive es casi como una extensión de su propio cuerpo. Veamos cómo se establece ese vínculo.

El SwáSthya Yôga (codificación contemporánea del Yôga Antiguo) tiene la propuesta de expandir la conciencia. Se comienza por el cuerpo, pasando por las emociones y las relaciones interpersonales, hasta llegar al lugar donde vivimos. El proceso va desde lo más próximo y tangible a lo más amplio y distante. En cuanto al ambiente, comienza en el lugar donde se trabaja y se vive, hasta abarcar el mundo entero que, en un sentido amplio, es también nuestro hábitat.

Desde este punto de vista, estar atentos al impacto de nuestras acciones sobre el espacio que nos rodea es una forma de ganar conciencia y por lo tanto, una manera de evolucionar.

Conciencia, responsabilidad y compromiso

Al ser conscientes sobre un asunto determinado, descubrimos que de la mano de ese conocimiento llega la responsabilidad de actuar según nuestros principios. En relación con nuestro espacio vital, a pequeña escala cuidamos de nuestro lugar de trabajo y de nuestra casa. Y a una escala mayor tenemos en cuenta el impacto de nuestras acciones sobre el delicado equilibro ecológico del planeta.

Se trata de de una responsabilidad para con nosotros mismos. Reducir el impacto de nuestras acciones sobre el entorno puede equipararse a cuidar del propio cuerpo: es una cuestión de hábitos.

Pero… ¿qué puedo hacer yo?

Cambio climático, calentamiento global, efecto invernadero, escasez de agua potable… los trastornos que el desarrollo humano ha provocado sobre la tierra son muchos. Algunos están en un grado muy avanzado y eso produce cierta impotencia, la sensación de que una sola persona no puede hacer mucho para revertirlo.

Pero no es tan así. Cada uno de nosotros tiene en sus manos el poder de cambiar algo para mejor, y de enseñar con el ejemplo a quienes lo rodean.

Por otro lado, las instituciones (que muchas veces parecen tener un poder de acción mayor) están formadas por personas. Si varios individuos se ponen de acuerdo, pequeños cambios pueden sumarse para producir uno más significativo. Sólo para ejemplificar, la institución donde yo enseño, Uni-Yôga Argentina, entre otras acciones ha decidido utilizar en sus escuelas sólo lámparas de bajo consumo, contribuyendo así al ahorro de energía.

Es una reacción en cadena: si alguien da el primer paso, otros van a seguirlo. Así, cada persona tiene en sí el germen de un cambio posible.
 


segunda-feira, 21 de julho de 2008

Ásana: la técnica corporal del Yôga




Ásana es la técnica más conocida del Yôga. En realidad, es así porque su ejecución se puede fotografiar o filmar (también se podría filmar a un yôgi meditando o durante sus técnicas respiratorias… pero sólo veríamos a una persona sentada, sin moverse). Los ásanas son llamativos porque muestran la fuerza y la flexibilidad que alcanza el cuerpo de un practicante. En el Yôga Antiguo, se ejecutan en forma encadenada, rescatando así el concepto antiquísimo de secuencias coreográficas.

Ásana es una palabra sánscrita, de género masculino. La gran mayoría de los términos sánscritos terminados en la letra “a” son masculinos, como por ejemplo, la palabra Yôga. Por eso es correcto decir “el ásana” y “el Yôga”.

Un ásana es una posición confortable, estable y estética. Requiere una respiración determinada: profunda, completa y consciente. Además, durante su ejecución está presente una actitud interior especial que lleva la atención a la zona del cuerpo más solicitada por la técnica. Los alumnos más avanzados agregan mentalizaciones específicas.

En nuestro método practicamos las técnicas corporales con permanencia máxima y repetición mínima, es decir, quedándonos bastante tiempo en la posición y sin repetirla. Lo que sí es indispensable es compensar: si se hace hacia un lado, deberá realizarse en forma idéntica hacia el otro durante el mismo tiempo. Y para una técnica de flexión de la columna vertebral hacia delante, la compensación será con una técnica de flexión hacia atrás. Éstas son tres de las ocho reglas generales de ejecución, que están presentes en la práctica del SwáSthya y que serán motivo de un próximo post.

Pasemos a la práctica

Si bien es fundamental considerar los ásanas en el contexto del sádhana (la práctica completa de Yôga), vamos a utilizar aquí algunas técnicas aisladas para armar una práctica corta y compensada que todos puedan hacer en diez minutos. Estas posiciones están especialmente indicadas para quienes tienen un trabajo sedentario, como por ejemplo, pasar varias horas por día frente a la computadora.

  1. Flexión lateral (chandrásana): de pie, con los pies juntos y las rodillas extendidas, inspirar elevando el brazo izquierdo y exhalar flexionando el tronco hacia la derecha. Permanecer 15 segundos y retornar con una inspiración, realizando la misma técnica hacia el otro lado.
  2. Estabilidad (jánúrdhwásana): fijar la mirada en un punto y separar el pie derecho del suelo; elevar la rodilla derecha hacia delante lo más alto posible y sujetarla con ambas manos. Permanecer 15 segundos y compensar, elevando la otra pierna. Todos los movimientos hacia arriba, hacerlos inspirando y hacia abajo, exhalando.
  3. Flexión hacia delante (pádahastásana): seguimos de pie, con los pies juntos y las piernas bien extendidas. Inspirar elevando ambos brazos y exhalar flexionando el tronco sobre las piernas, aflojando bien la cabeza y los hombros. Permanecer 30 segundos. Para dar el máximo, sujetar con las manos los talones y utilizar suavemente la fuerza de los brazos para aproximar la frente a las rodillas.
  4. Torsión (matsyêndrásana): sentarse con ambas piernas extendidas. Cruzar la pierna derecha flexionada sobre la izquierda, apoyando la planta del pie derecho en el suelo al lado de la rodilla izquierda. Utilizar el brazo izquierdo como palanca sobre el muslo opuesto, girando el tronco hacia atrás. La mano libre se apoya en el piso detrás de la cadera. La cabeza también gira, buscando alinear el mentón con el hombro derecho. Permanecer 15 segundos y compensar hacia el otro lado.
  5. Flexión hacia atrás (sarpásana): acostarse con el abdomen sobre el suelo, apoyar las palmas de las manos sobre los laterales de las piernas e inspirar, despegando los hombros y el pecho del piso. Mantener por 15 segundos.
  6. Posición invertida: hay muchas posiciones invertidas, adecuadas para distintos niveles de práctica. Básicamente, consisten en elevar las piernas por sobre la cabeza, para que la sangre irrigue mejor la porción superior del cuerpo. Para ejecutar la versión más simple, apoyar la espalda en el suelo y colocar las piernas en posición vertical. Si es posible, despegar la cadera del suelo sujetándola con los brazos, para conseguir una mejor verticalidad (viparíta karanyásana).
  7. Terminar la práctica acostado, con los brazos y piernas sueltos, descansando por un minuto (shavásana). Ésta es la mejor posición para practicar yôganidrá, la técnica de descontracción, que consiste en permanecer lúcido y despierto, relajando voluntariamente todo el cuerpo.

Si estas técnicas le agradan, pruebe realizarlas diariamente. Una recomendación especial para ponerlas en práctica: esforzarse sin forzar es la regla de seguridad que permite dar el máximo respetando las posibilidades de cada uno.

Natalia Sanmartín Gil

natalia_sm@uni-yoga.com.ar

www.uni-yoga.com.ar



sábado, 21 de junho de 2008

Meditación: la llave del autoconocimiento



La palabra meditación hoy ya no es asociada, como hace algunos años, a algo misterioso o secreto. Las escuelas que enseñan a meditar se multiplican y las dudas de los practicantes crecen en forma exponencial. Vamos entonces a abordar este tema para que todos conozcan qué es la meditación, cómo se practica y cuáles son sus consecuencias.

Hay una confusión bastante grande en cuanto a meditación. Algunos piensan que expande la conciencia, otros que la reduce. Hay escuelas que indican practicar las técnicas sentados, otras acostados e inclusive ¡en movimiento! No es raro encontrar grupos que no saben muy bien cómo explicar qué hacer para alcanzar el estado de meditación y mandan simplemente a las personas a sentarse y quedarse quietas.

La palabra sánscrita que designa tanto el ejercicio como el estado de meditación es dhyána. Así se llama a la técnica que consiste en detener el flujo de pensamientos. O, más simple, parar de pensar. Podemos decir que la traducción al castellano, o al inglés (meditation) no es adecuada, ya que significa literalmente “pensar, reflexionar” (¡lo opuesto!). Pero como este término ya ha sido aceptado universalmente, lo usaremos igual.

La meditación forma parte del Yôga. Incluye técnicas precisas que vienen dando incuestionables resultados desde hace milenios. Sacarla de su contexto (es decir, practicarla separada de las otras técnicas de Yôga) no es recomendable. En el SwáSthya Yôga se realiza al final de la práctica, aprovechando la concentración de energía que las fases anteriores fueron desarrollando. En ese momento es más fácil meditar.

En el estado de meditación se busca parar de pensar para permitir que la conciencia se exprese a través de un canal más sutil, sin la interferencia del intelecto. Para esto, es necesario pasar a través de la mente, que funciona como una pesada armadura lógica que eclipsa el plano intuicional. El combustible mental es la dispersión. Las técnicas de meditación consisten en mantener la atención concentrada en un sólo objeto, eliminando ese combustible por algunos momentos.

Los grados de meditación en el SwáSthya Yôga

Dentro de la codificación del Yôga Antiguo, el último anga (parte) de la práctica se denomina samyama. En esa fase se ejecutan técnicas de concentración, meditación y se alcanzan estados más profundos de la conciencia. Consideramos tres grados de dhyána.

· Primer grado: yantra dhyána. La conciencia se estabiliza sobre un símbolo

· Segundo grado: mantra dhyána. Se ejecuta sobre un sonido

· Tercer grado: otras técnicas más profundas.

El primer grado es para iniciantes, el segundo es más utilizado por practicantes de nivel intermedio y el tercero es para alumnos avanzados.

Las técnicas

Si bien detener los pensamientos no es simple, como cualquier otra habilidad humana se puede entrenar. Recomendamos comenzar con cinco minutos por la mañana y otros cinco por la noche, diariamente. Cuando la habilidad vaya creciendo, podremos extender este tiempo hasta veinte minutos cada vez.

Sentado, en una posición firme y agradable, preferentemente con las piernas cruzadas, mantenga la espalda y la cabeza erguidas. Busque que nadie lo interrumpa durante el ejercicio. Daremos técnicas para iniciantes, yantra dhyána.

1. Visualice una vela encendida, con la llama estable. Luego de algunos momentos, cese toda descripción del objeto y estabilice su conciencia sobre la llama de esa vela.

2. Estabilice su conciencia visualizando un sol anaranjado brillando entre las cejas.

3. Utilice para meditar el yantra ÔM, símbolo universal del Yôga. Visualícelo en el entrecejo, brillando en color dorado.

Una vez elegida una de estas técnicas, varíe lo menos posible. ¡Espero sus comentarios para saber cómo le fue al aplicarlas!

Bibliografía consultada: DeRose. Tratado de Yôga. Ed. Nobel y Uni-Yôga. São Paulo. 2007.

Natalia Sanmartín Gil

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terça-feira, 17 de junho de 2008

Para ganar concentración, técnicas de Yôga





Cuando necesitan rendir más, estudiantes y deportistas recurren a técnicas ancestrales de concentración.

Los exámenes y las competencias son, para estudiantes y deportistas, momentos en los cuales suelen elevarse los niveles de estrés. Bien canalizado ese estrés puede ser favorable, porque aumenta el rendimiento. Sin embargo, antes del desafío la falta de concentración puede jugar en contra.

Hace más de 5.000 años surgió en la India una disciplina cuyas técnicas ayudan a mejorar la concentración. A través del Yôga Antiguo se pueden aprovechar las capacidades que cada persona posee, para rendir más en el estudio, el deporte, el trabajo o en cualquier aspecto de la vida.

En el SwáSthya Yôga (se pronuncia suástia ioga), que es la codificación contemporánea del Yôga Antiguo, la concentración constituye la base para una de las técnicas más poderosas: la meditación.

El foco en un único estímulo también descansa la actividad cerebral. El entrenamiento debe ser progresivo y placentero. Cuanto más se practica, más fácil resulta.

Las técnicas

Antes de empezar cualquiera de éstas técnicas elija una posición cómoda, preferentemente sentado y con las piernas cruzadas. Cuide que su espalda esté bien erguida, y que la cabeza continúe la línea vertical de la columna vertebral. No tensione los hombros ni los brazos. Haga algunas respiraciones nasales, lentas, profundas y silenciosas. Manténgase todo el tiempo bien lúcido y despierto, prestando atención a esta práctica

Cierre los ojos y visualice un triángulo. No deje que sus pensamientos se dispersen. Mantenga la imagen del triángulo nítida y sin interferencias durante un minuto. Al día siguiente, dos minutos. Aumente el tiempo a razón de un minuto por día hasta llegar a 20 minutos. Después, pase a la próxima técnica.

Otórguele un color al triángulo. Los colores fríos (por ejemplo, el celeste) suelen ayudar a la concentración. Cuando pueda mantener el color fijo durante todo el tiempo, reemplácelo por otro. Al visualizar el triángulo del color que desee durante 20 minutos, avance hacia el próximo paso.

Proporcione un color al fondo y mantenga la concentración, diferenciando claramente el color del triángulo y el del fondo, sin distraerse.

Para una técnica aún más avanzada, reemplace el triángulo por otra figura geométrica, sin distraerse durante todo el tiempo que se haya fijado. Cuando domine esta imagen, pase a la siguiente.

Cuente mentalmente, visualizando los números, de uno en adelante, hasta que no lo consiga más por falta de concentración. Cuando llegue a 20 minutos, agregue progresivamente color a los números. Después, podrá variar el color de número a número. Pruebe con todos los números de un color y el fondo de otro y finalmente, mantenga el color de fondo y substituya el color de los números.

Al conquistar estas técnicas, habrá entrenado a su cerebro para aquietarse voluntariamente, concentrando su atención en lo que le sea necesario.

Bibliografía consultada: DeRose. Yôga Avanzado. Ed. Longseller. 2005.

Natalia Sanmartín Gil

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domingo, 15 de junho de 2008

Yôga Antiguo: una cuota extra de energía




Una disciplina de más de 5.000 años de antigüedad aumenta el rendimiento, estimula los sentidos y mejora la capacidad de sentir placer.

Hoy el Yôga es un tema que está en boca de todos. A veces, por su diversidad, la información que recibimos no hace más que ampliar la confusión que hay sobre esta disciplina.

¿Qué es el Yôga? ¿Para qué sirve? Para aclarar el panorama, empecemos por conocer qué es. “Yôga es cualquier metodología estrictamente práctica que conduzca al samádhi” define DeRose, una autoridad en la materia, que realizó un trabajo de sistematización sobre el Yôga Antiguo y ya ha escrito más de 20 libros sobre el tema. Samádhi es una palabra sánscrita que designa el estado de hiperconsciencia, de megalucidez que se alcanza a través del Yôga.

“El Yôga enseña cómo respirar mejor, cómo relajarse, cómo concentrarse, cómo trabajar músculos, articulaciones y nervios a través de técnicas corporales lindísimas, fuertes, pero que respetan el ritmo biológico de cada practicante”, destaca DeRose.

Es importante comprender que el Yôga auténtico no es una terapia ni promete beneficios: lo mejor es practicarlo por el placer que proporciona. Erróneamente se lo asocia con calma o relajación. Por el contrario, genera una cuota extra de energía que aumenta a medida que se lo practica.

Más vitalidad para todos

En la actualidad existe una gran variedad de tipos de Yôga, con objetivos y prácticas bastante diferentes. Esto permite que cada persona seleccione libremente la mejor opción para sí.

Hay una modalidad que rescata la fuerza que esta práctica tenía en su origen, 5.000 años atrás. El SwáSthya (nombre de la codificación del Yôga Antiguo) no contiene misticismo y es estrictamente técnico, por lo que suele ser el que eligen los profesionales, empresarios, estudiantes universitarios y artistas.

Cualquiera sea el estilo de Yôga que se elija, hay que tener en cuenta que el incremento de la vitalidad que proporciona puede utilizarse para rendir más en los estudios, en el deporte o en el trabajo. O, simplemente, para disfrutar más de las actividades cotidianas.